La habitación

El: 16 septiembre, 2009
En: Cuentos, De Marte de Quien
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Y el silencio oscureció la habitación. El metal atravesó la sien, justo el punto que encerraba su sonrisa. El tiempo se detuvo al fin. La paz lo rodeaba, inquietándolo. Sus recuerdos parecían ir descendiendo lentamente. Formando pequeños ríos que desembocaban en un mar rojo que crecía segundo a segundo. La inercia se podía respirar en todo el ambiente.

Su cuerpo, o lo que quedaba de él no desentonaban con el estilo desgastado, opaco y sucio de la habitación. El fotograma era tan artístico que sería imposible de mostrar en cualquier primera plana de diario sensacionalista. Más bien parecía ser una composición muy bien pensada de algún fotógrafo francés o yugoslavo, que se habría tomado horas en construir una escena tan perfecta como esa.

Un cuerpo tirado en el parquet boca abajo, con una camisa arrugada, que en algún momento fue blanca y que ahora se veía teñida por sectores de rojo con matices oscuros, puestos con tanta perfección como los trazos pintados sobre un lienzo.

Una silla al lado del cuerpo. Casi tan desgastada y sucia como el parquet donde se iba formando ese océano de glóbulos rojos y plaquetas, ubicado a unos 7 pasos de la puerta. Las paredes, que también en algún momento fueron blancas, sucias por polvo y descascaradas de pintura en algunas zonas, lucían en un lado el rastro de lo que fue el Bang! que originó la inercia. Pequeñas gotas de sangre y fragmentos de sesos dejaron una enorme huella en una de las cuatro paredes que conformaban la habitación.

Detrás, a tres pasos de la pared derecha, justo al frente de una pequeña ventana con las lunas empolvadas, una cama sin tender. Con sábanas sucias y rastros de una noche solitaria e intranquila, movimientos provocados posiblemente por las pesadillas que llevaron a ese desenlace. En la esquina ubicada en la misma pared que la puerta había una mesa marrón, escondida en la parte más oscura de la habitación, casi ausente. Encima de ella una nota:

 

‘Tu presencia me dio vida una y otra vez. Cada noche, cada beso, devolvió a mis segundos ese fuego necesario para poder sonreír. Cada sombra, cada espacio del día contenía algo tuyo desde ese beso. Y el simple hecho de mirar tus ojos me hacía infinito. Solo deseaba estar a tu lado. Abrazarte hasta sentir que el tiempo se acabe. Me gustas, te decía. Me gustaste desde la primera vez que te vi, posiblemente me gustes siempre, y es extraño, es muy extraño.

Antes de este nuevo comienzo no podía ni solía decirte nada de lo que pensaba. Y en estos últimos días lo pude hacer. Y fui tan feliz, y fui tan libre.

Tu ausencia fue más grande que el cielo, que la noche que nos vio nacer. Aquella en la que el aire observaba perplejo nuestros besos embriagados, nuestra dulzura extrañamente habitual.

Fue un gusto, un placer y una ilusión sumamente encantadora el haberme enamorado.

Gracias por todo, pero como leí alguna vez: Si sales del cielo, el resto es infierno.

Y ya no estoy preparado para seguir uno.

 

Gracias.’

 

Alguien abrió la puerta al amanecer. Nadie se percató del crudo sonido generado por el metal perforador. Nadie vivía ya en ese edificio viejo de las afueras de la ciudad. Sólo él. Solo ella en estos últimos días. La ironía a veces es grande y absoluta. Quien observó por primera vez ese cuadro aterrador fue ella, que traía el desayuno en una bolsa.

La noche anterior fue imposible comunicarse con él. El pequeño pueblo carecía de señal telefónica. La lluvia tomó las calles de forma torrencial cortando extrañamente toda la comunicación. Veinte kilómetros de carretera a medio asfaltar y un puente era lo que separaban el pueblo de lo que ellos llamaban ‘hogar’. El edificio quedaba exactamente a la mitad de camino a la ciudad.

Esa noche y por la lluvia, un camión que se dirigía a la ciudad perdió estabilidad en el puente volcándose. Afortunadamente la lluvia apagó rápidamente el fuego generado por el choque y no hubo muertes. Pero el trayecto quedó cerrado hasta nuevo aviso. Toda la comunicación entre el pequeño pueblo y el resto del mundo era nula. Ella tuvo que dormir en un hostal cercano al puente. Angustiada por no poderse comunicar con él, dedicó la noche en soñar despierta con el futuro que posiblemente tendrían juntos, cómo se llamarían sus hijos y mil cosas que ella consideraba de quinceañera y que ahora, por primera vez sentía. Habían sido unas semanas de ensueño. El mundo, a pesar de todos los problemas habituales, había sido una especie de paraíso, solo descrito por algún sueño que tuvo de niña. Unicamente deseaba que amanezca rápidamente para abrazarlo fuertemente, a veces casi hasta la asfixia y hundirse entre sus besos, caricias y demás.

A la mañana siguiente, compró algo para desayunar. Quería sorprenderlo. El puente estuvo libre a las 11 de la mañana. Tras pasarlo tomó el desvio sin asfaltar que ingresaba por el bosque y se dirigia al desolado edificio le resistance, que en algún momento fue un bello hotel al que acudían celebridades y políticos de vacaciones. Al llegar al edificio no existia ruido alguno. El silencio parecía sepulcral. Sólo se escuchaba el ruido de las hojas chocando, empujadas por el viento de la mañana. Al llamarlo no hubo respuesta. Subió las escaleras.

Ella no llegó a leer la carta. Cuando la encontré estaba sobre el parquet, sumergida en el otro océano formado por su dolor.

 

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One Response to La habitación

  1. Beto dice:

    Me parece un buen relato, con muchos colores, y a la vez súper oscuro, muy propio de ti.
    Una carta desgarradora, con puntos de gloria y un bajón que nos toca a todos cuando salimos del cielo (si alguna vez nos tocó estar ahí), y el final no pudo ser mejor.
    Esta buena Hectorazo!

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