Cielo celeste

El: 10 noviembre, 2009
En: Cuentos, De Marte de Quien
Vistas: 1343
 Like

Esa mañana el sol brillaba más fuerte que nunca. Las calles dibujaban un paisaje suave y sutil,  repleto de felicidad. Así suele ser febrero por aquí. Los niños corren por las pistas, libres, felices. En cada puerta un par de amigas de infancia conversan sobre los últimos chismes de los hijos del barrio. Todo refleja felicidad.

En la esquina de la cuadra, justo al costado de la bodega vivía Celeste. Para describirla , habría que decir que ella es simplemente hermosa. Detrás de sus ojos tristes, infinitamente expresivos, guarda las palabras más dulces que he podido escuchar en mi vida. Cuando pasaba por mi puerta junto a Salvador, su perro, parecía ser la chica más feliz que se ha posado por esta calle, al menos eso es lo que pensó –más nunca dijo-  mi hermano David.

Él vivió enamorado de ella. Por lo menos eso decían sus ojos cada vez que el reloj anunciaba las seis de la tarde –la hora en la que Celeste paseaba a Salvador. Él salía lentamente al balcón de mi cuarto, siempre con una hoja en blanco que nunca me mostró. Yo siempre lo fastidiaba con eso. David es muy soñador, pasa todo el día en las nubes, como dice mi madre. Si es que no está dibujando en su cuarto, lo hace en el malecón. Mamá dice que siempre dibuja miradas tristes pero llenas de color, una contradicción que hasta hoy no he podido entender ni descubrir, porque desde hace bastante tiempo no he podido entrar a su cuarto. Pero él, cada tarde interrumpía mi siesta para entrar y ver pasar a su pequeña chica de ojos tristes, profundamente hermosos.

Una tarde en la que yo escuchaba algo de música, él volvió hacía mi y dijo ¿Cómo se llama esa canción?, era un tema de un cantante argentino que nunca supe cómo se llamaba –suelo ser bastante malo con la música y sus nombres-. Era una letra bonita  que recitaba un: «Me vas a hacer feliz, vas a matarme con tu forma de ser».  Creo que es de un argentino le dije. El me miró y dijo: Te puedo pedir un favor, muéstrale esa canción a Celeste. Esa fue la primera vez que me pidió un favor.

Yo acepté pero le dije que mejor se la diera él. Se negó tantas veces que tuve que hacerlo al final. La tarde siguiente, a las seis, él cogió la radio y puso el cassette y volumen alto, para que celeste la pudiese escuchar cuando pase por mi balcón. Yo estaba sentado en la puerta de mi casa, esperando a darle el recado de mi hermano, es decir, simplemente indicarle que esa canción existía.

Salió  de su casa como siempre, con una falda roja, dos coletas en el pelo y la sonrisa a flor de piel en su rostro. Cuando pasó por mi costado, su sonrisa me hizo temblar y para ser sincero no sé de dónde saqué fuerzas para decirle, ¿Escuchaste esa canción?, ella se detuvo a escucharla. Me dijo: Es muy bonita,  me hace recordar a mi mamá, cada vez solía decir que mi papi siempre nos iba a hacer feliz. Sólo pude sonreír. Se despidió suavemente diciendo Gracias por mostrarmela. Su voz era como un dulce, el más delicioso que existe, para los oídos. Yo esa tarde quedé como la primera vez que probé mi postre favorito, muy feliz.

Mi hermano me preguntó, huraño como siempre ¿Escuchó la canción? al afirmarle solo me preguntó que me dijo, yo le respondí como si nada y se fue a su cuarto.

A la tarde siguiente David volvió a entrar a mi cuarto. Yo estaba sentado en el balcón mirando el cielo. Él se sorprendió al verme sentado ahí, pero no dijo nada. Cuando pasó Celeste por la vereda, ambos la vimos con los mismos ojos, yo perdido de ganas de escuchar su voz y él perdido entre sus ojos. Ambos exhortos en dos cosas distintas de esa niña de piel blanca y cabellos de viento.

Durante mucho tiempo los dos compartimos el placer de saberla pasar por mi balcón a las seis. Era el momento en el que ambos pasábamos de ser dos miembros de una familia, con mismos apellidos y padres, pero distintas maneras de pensar, a ser dos hermanos, que compartían una cosa: la admiración por una niña que cada día se tornaba más hermosa.

Nunca discutimos sobre eso, sabíamos que ninguno de los dos iba a tener el valor de acercarse a ella, de poder pronunciar más de un Hola, ¿qué tal? sin sonrojarnos ni sentirnos ridículos. Sabíamos que ese amor platónico iba a ser simplemente eso y no iba a cambiar por más que pase el tiempo. Además, a él le gustaban sus ojos y yo moría por su voz, por sus palabras, no nos gustaba lo mismo de ella,  no estábamos encantados por su piel, que ante la luz se convertía en arena; su cabello ondeado; el aroma tan dulce que expulsaba a cada paso; y nunca supimos qué hacer cuando soltaba aquella sonrisa que hacía sonrojar a la Luna. Nosotros sabíamos perfectamente lo que nos gustaba de ella y mientras que eso siguiera así, todo andaba bien. Así seguimos por mucho tiempo, solamente observando a la linda Celeste cruzar por nuestras vidas, tan ligera, tan alegre, y tal lejana a nosotros.

Al año siguiente, yo tenía que hacer el servicio militar y dejar la casa por unos meses.  David se iba a quedar con el balcón. Él iba a poder ver cada tarde a la pequeña razón de nuestra ilusión cruzar frente a mi ausencia. Él iba a poder ver aquella forma dulce de vivir y yo no. Realmente me parecía injusto. Maldije por varías noches mi suerte. Mi hermano, creo que disfrutaba con esto, la iba a observar nuevamente solo.

Nuevamente iba a poder llevar sus papeles para tratar de capturar la esencia de su mirada con el carboncillo. Pero iba a poder también escucharla. Iba a percibir aquella melodía infinita que brotaba de sus labios, aquellas palabras cristalinas que hacían de cada ocaso, un momento sublime. David iba a poder captar esto y yo no.

Fue entonces cuando decidí enfrentar mis temores y hablarle.

Debía de aprovechar este verano, debía enfrentar al miedo, tenía que hacerlo ahora. Tenía que decirle por lo menos algo. Acompañarla a pasear a Salvador, qué se yo, cualquier excusa sería buena para estar a su lado y así aprovechar el poco tiempo que me quedaba por verla hasta entrar al servicio militar.

Esa mañana el sol brillaba más fuerte que nunca. Las calles dibujaban un paisaje suave y sutil repleto de felicidad. Era un día perfecto para buscarla a su casa y salir a disfrutar del sol. Aprovechando que David estaba dibujando en el malecón, fui a la esquina en donde vivía Celeste. No tuve que tocar la puerta porque esta se abrió apenas llegué.

Los niños, que jugaban como siempre a los carnavales, parecían apartados de todo el mundo, no veían más que su juego, no apreciaban lo que yo estaba viendo en ese momento. El sol parecía reventar de felicidad, las nubes parecían danzar entre el cielo, juguetear divertidas por la alegría del mundo, todo mi alrededor parecía ajeno ante la imagen que se posaba frente a mi.

Al abrirse la puerta me quedé inmóvil. Mis ojos vieron a Celeste durmiendo dulcemente en los brazos de su padre. Él la cargaba. Su silencio decía más que cualquier grito de desesperación. Sus ojos, clavados en el rostro angelical de su hija, se mostraban tan torrenciales como la peor tormenta, tan adoloridos que como el más fuerte dolor existente. Su rostro pronunciaba en silencio unas palabras que nunca esperé recibir al llegar ahí. No dijo nada,  sólo lo vi perderse entre la calle rápidamente.

Me quedé parado ahí, frente a la puerta marrón de la casa de Celeste, sin entender nada. No podía creer que tanto el Sol como los niños a mi alrededor seguían con ese aspecto tan feliz. No entendía la existencia de ese Sol verano, ni de el cielo celeste con nubes danzantes. No aceptaba ni un fragmento de la felicidad que mostraba el mundo en ese momento.

Regresé a mi casa confundido, sin entender nada. Sabía que esa tarde no iba a ver nuevamente a Celeste. Pensé en el balcón, en las seis de la tarde, en cómo el Sol de este día tan feliz se iba a despedir tan triste y diáfano, en cómo las nubes solemnemente cantarían el réquiem del astro dorado hasta recibir a la Luna, aquella dama de mirada de plata que suele posarse entre la eternidad del espacio repleto de estrellas para recitarle poemas de amor y dolor. Pensé en mi, sentado en el balcón de cada ocaso, esperando a que salga la niña de la voz de esperanza y cruce frente a mis ojos ilusionados. Pensé en cada tarde existente hasta hoy.

Pensé en mi hermano. En lo contento que estaba porque yo me fuera de la casa al servicio militar. En cómo creía que la iba a poder ver en cada tarde cruzar frente a mi ausencia.  En cómo iba a percibir aquella melodía infinita que brotaba de sus labios, aquellas palabras cristalinas que se mezclaban con la perfección de cada ocaso cuando yo esté en el internado.

Pensé en cada frase que yo deseaba decirle antes de partir al servicio militar. En cada palabra que no le dije hasta hoy. Pensé en todo lo que no iba a ocurrir. Pensé en mi ausencia, en el balcón de ese tiempo futuro. Pensé en la ausencia de Celeste en esta tarde, en este momento y en cada día que vendrá.

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,
Entrada anterior:
Entrada siguiente:

5 Responses to Cielo celeste

  1. :D dice:

    demaciado lindaa!!! buhhh!!!! es increible 😀 al fin la termine yy de verdad ke me gusto te mando un beshote y IDEM

  2. maria dice:

    Me a gustado muchisimo!!!
    la forma en que describes a Celeste!!

    gracias !!

    beso

    extraña.

  3. Se desprende la nostalgia en todos lados. En cada frase. Los haces existir.

  4. Luigi BAttistolo dice:

    desgraciado, no me digas que se murio Celeste! No creo, seguro que estaba borracha o algo por el estilo…

  5. Veronika dice:

    Lindo, me gusto! Se siente la melancolía en el relato… 🙂

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *