• Al amanecer

    El: 24 agosto, 2016
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    El cielo anuncia las cinco de la mañana. El sol empieza a dibujar entre las montañas los ciegos colores pasteles de un día apaciguado de razón. Él reposa sobre la cama, quieto, con un cuerpo sin fuerzas para respirar. Descansa entre una inquieta lucha por estar mejor, el andar de su respiración es algo difuso. Él navega entre pensamientos luchando por seguir, en medio de la incertidumbre va hurgando entre sus latidos con el simple afán de seguir su existir.

    Una sensación de desahucio, pensamientos que encierran el no saber cómo llegó a este lugar. Conformándose a cada segundo por sólo saber que se encuentra aquí, recostado en un colchón duro y seco, como su vida, sin poder hallar alguna sensación de movimiento en su cuerpo. Sus ojos se pierden entre imágenes de recuerdos que aparecen, que se dibujan en su mente y no logran desvanecerse.

    Por momentos, sólo piensa en por qué -siempre aquella pregunta lo escolta-, se mantiene inquieto por el cuestionamiento que suele acompañar constantemente a las almas solitarias, a los cuerpos sin esperanza, a los espíritus que perdieron fuerza para seguir, ese sentir que se posa en aquellos espectros con forma humana que navegan como sombras en las calles, esos cuerpos que simulan vida para no dejar el mundo aún, esas personas –si aún se les podía denominar así- de las cuales era uno más.

    Un médico le dijo “todo salió muy bien, no temas”, pero mentía, algo en su voz indicaba que no era verdad. Sólo en esa habitación inmensa, pensaba y tenía la certeza que tenía aún muchas cosas por decir, algunas por hacer y demasiados sueños sin cumplir. Existían entre el aire cientos de besos perdidos en atardeceres muertos, cosas que quizá nunca podría realizar.

    Trató de dormir, de no llorar, de encontrar respuesta a sus preguntas, alguna frase que explique todo lo que estaba pasando, pero no podía pensar. Sabía y presentía que su vida estaba a punto de acabar, que todo de alguna u otra forma iba a empeorar, que cada cosa que había podido hacer se desvanecía segundo a segundo, latir a latir.

    Sintió pasos silenciosos acercarse lentamente hacia la puerta. Dudó si debía girar su rostro para ver quién era la persona que se acercaba a observar su cuerpo maltrecho, su inútil humanidad tirada en aquella cama de hospital.

    Observaba la gran pared azul frente a él, escuchaba el sonido de los coches y caballos que llegaban y no se detenían, sentía las voces que murmuraban su estado, a los recién nacidos llorando, presenciaba cada sonido que ingresaba a la habitación, a su cuerpo, a su inmenso pavor.

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    La puerta se abrió lentamente y se escuchó una suave voz que sentenció su estado,“está dormido”. La puerta volvió a cerrarse. Su corazón –que había aumentado considerablemente su aceleración- dejó de palpitar por un segundo, él creyó morir. Pensó que finalmente todo acababa de una vez, pero se empuñó a la vida como se aferra un bebé a los brazos de su madre, se sujetó a su respiración y a todos aquellascosas que siempre pensó que amaría dejar. Miró por la ventana los árboles de la colina que se veían lejanos, opacos por la bruma gris que rodeaba el pueblo. De pronto un centenar de imágenes ingresaron a su mente.

    Recordó cuando era niño, cuando soñaba con volar, con ser parte del cielo, con dejarse guiar por el viento que lo arrullaba en las tardes, que lo hacía olvidarse de problemas, de la gente que lo rodeaba, de todo. Cuando deseaba coger la luna y perderse en la infinidad de las estrellas y luces que sólo existían para él. Al menos de pequeño creía eso, lo deseaba. Anhelaba pensar que todo era suyo, que el mundo era parte de una fantasía y que ninguna oscuridad podría existir. Quería creer que su vida era una más. Obviar lentamente cada escena que no deseó vivir. Deseaba en su mente etérea que el cuerpo de su padre, al cual había observado ser acribillado por soldados de la guerrilla interna, estaba intacto. No quería recordar la muerte de su madre, ni en los gritos de piedad de aquel momento en el que fue violada y acuchillada minutos después entre la bruma y el sol de un amanecer.

    Pensó en su infancia, tan cicatrizada ahora de aquellos sufrimientos cubiertos de odio y así, acurrucadopor el viento de su imaginación y aquellos sueños que lo impulsaban a seguir, cerró los ojos y durmió intranquilo.

    En la habitación continúa, el médico que lo había atendido informaba su destino .

    -Felicidades señor Benavente, su hijo sobrevivió, está robusto y fuerte, pesa tres kilos y medio. –el doctor que atendió el parto de Tomás- fue un parto difícil, pero ambos están bien.

    -El niño está bien, ¿está seguro doctor? ¿cuándo lo podremos ver? –preguntó ansioso David Benavente, padre ahora, entre la felicidad de su familia.

    -En unos minutos –respondió- en este momento está durmiendo, puede pasar a ver a su esposa.

    El presentimiento de Tomás era cierto, todo parecía que iba a empeorar.

    Él había creído que a sus cuarenta y cinco años con el simple hecho de suicidarse, ahorcado entre los fríos árboles de la colina, iba poner fin al sufrimiento; pensó que el morir iba ayudarlo a tocar el cielo; soñaba que con el dejarlo todo iba por fin ver todas sus quimeras hechas realidad, que todo al fin mejoraría, o por lo menos que su dolor cesaría.

    “Podré ver a mis padres, a mi esposa, a mi familia” susurró entre lágrimas de esperanza. Y así, luego de encender un cigarrillo, cogió la soga de dos metros con la que se iba a colgar, aquella cuerda que iba aliberarlo del sufrimiento. Se sentó en una silla a terminar su tabaco. Sabiendo que en unos minutos iba a ahogar su vida a unos cuantos metros del suelo.

    Ante el ocaso de sol posado en las colinas del pueblo que lo observó vivir y luego de algunos espasmos de asfixia escuchó, sin saber qué sucedía, el grito de una mujer y muchas voces que lo estremecieron. Un sentimiento de desesperación ingresó en su cuerpo. Se inició una presión intensa en su pecho. Segundos después pudo respirar al fin. El sonido de las lágrimas y gritos de desesperación venían de él. Sentía que el mundo estaba al revés. Todo reposaba de cabeza. Lloró por mucho tiempo, gritó y pidió ayuda. Se sentía inutilizado de piernas y brazos, sus fuerzas eran nulas, era como estar dopado, paralítico o algo así. Luego de unos minutos pudo dormir.

    Al abrir los ojos apareció en ese cuarto azul, ahí se inició el temor, las preguntas, las vagas imágenes de lo ocurrido, la sensación de no entender nada, de no saber por qué si hace unas horas estaba colgado y asfixiándose en aquel árbol en la colina pensando que todo iba terminar, ahora estaba respirando tendido en una cama sin fuerzas.

    De pronto abrió los ojos bruscamente, lo entendió. La idea más descabellada entre la infinidad de hipótesis planteadas en esos minutos se volvía poco a poco más coherente. Había pasado lo peor que pudo imaginar, al ahorcarse, al intentar acabar con todo aquel mundo que sólo le brindaba dolor no acabó con todo. Al hacerlo solamente inició un nuevo tiempo donde debía existir, en el cual debía empezar una nueva historia.

    -Me escapo de un destino para caer en otro -pensó resignado-.

    Entonces, en medio de su reflexión escuchó la puerta abrirse, era su padre, su actual progenitor en su nueva vida, entre un nuevo respirar. Poco a poco el temor que lo ahogaba se desvanecía y los recuerdos de aquel tiempo de dolor se disipaban, todo se calmaba. Poco a poco, olvidaba y no sufría. Lentamente cada cosa que él esperó al suicidarse se tornaba en realidad. Poco a poco el dolor empezaba a cesar, losrecuerdos de sufrimiento callaban sus voces, se iniciaba su sueño, esta vez en la realidad.

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  • Tablero

    El: 21 marzo, 2010
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    La miro a los ojos. Sé que es la última vez que lo voy a hacer. Sus pupilas se dilatan conforme avanza el tiempo, que va de la mano con mi silencio. No sé qué decir. Adiós es una palabra muy corta para el largo trote que voy a tener que dar hoy. Ese viaje tan largo y tan quieto. Ella trata de sonreír en medio de todo, pero es imposible percibir algún gesto en su rostro, solo logro apreciar cómo poco a poco sus ojos enrojecen. Y aún así no logro decir nada. Me quedo quieto en silencio. No logro pensar en nada, solo la observo. Solo la observo.

    Me mira. Y no me dice nada. Sé que es el único instante en el que le voy a poder decir cada palabra que desee decirle en todo este tiempo. Pero no puedo, siento un nudo en la garganta. Un nudo tan grueso que parece el de la cuerda con la que se ejecutaba a los ladrones del viejo Oeste, en esas películas que nos gustaba ver de niños en la tele. Su piel parece perder color. Pero su rostro parece tranquilizarse. No puedo decir nada, y sé que si lo beso, moriré en llanto. Por qué no puedo hacerlo. No me entiendo, no me entiendo.

    La reina hizo el movimiento. Fue un contundente Jaque Mate. El Juego terminó y el silencio se rompió con una sucia sonrisa de burla.

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  • Cielo celeste

    El: 10 noviembre, 2009
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    Esa mañana el sol brillaba más fuerte que nunca. Las calles dibujaban un paisaje suave y sutil,  repleto de felicidad. Así suele ser febrero por aquí. Los niños corren por las pistas, libres, felices. En cada puerta un par de amigas de infancia conversan sobre los últimos chismes de los hijos del barrio. Todo refleja felicidad.

    En la esquina de la cuadra, justo al costado de la bodega vivía Celeste. Para describirla , habría que decir que ella es simplemente hermosa. Detrás de sus ojos tristes, infinitamente expresivos, guarda las palabras más dulces que he podido escuchar en mi vida. Cuando pasaba por mi puerta junto a Salvador, su perro, parecía ser la chica más feliz que se ha posado por esta calle, al menos eso es lo que pensó –más nunca dijo-  mi hermano David.

    Él vivió enamorado de ella. Por lo menos eso decían sus ojos cada vez que el reloj anunciaba las seis de la tarde –la hora en la que Celeste paseaba a Salvador. Él salía lentamente al balcón de mi cuarto, siempre con una hoja en blanco que nunca me mostró. Yo siempre lo fastidiaba con eso. David es muy soñador, pasa todo el día en las nubes, como dice mi madre. Si es que no está dibujando en su cuarto, lo hace en el malecón. Mamá dice que siempre dibuja miradas tristes pero llenas de color, una contradicción que hasta hoy no he podido entender ni descubrir, porque desde hace bastante tiempo no he podido entrar a su cuarto. Pero él, cada tarde interrumpía mi siesta para entrar y ver pasar a su pequeña chica de ojos tristes, profundamente hermosos.

    Una tarde en la que yo escuchaba algo de música, él volvió hacía mi y dijo ¿Cómo se llama esa canción?, era un tema de un cantante argentino que nunca supe cómo se llamaba –suelo ser bastante malo con la música y sus nombres-. Era una letra bonita  que recitaba un: “Me vas a hacer feliz, vas a matarme con tu forma de ser”.  Creo que es de un argentino le dije. El me miró y dijo: Te puedo pedir un favor, muéstrale esa canción a Celeste. Esa fue la primera vez que me pidió un favor.

    Yo acepté pero le dije que mejor se la diera él. Se negó tantas veces que tuve que hacerlo al final. La tarde siguiente, a las seis, él cogió la radio y puso el cassette y volumen alto, para que celeste la pudiese escuchar cuando pase por mi balcón. Yo estaba sentado en la puerta de mi casa, esperando a darle el recado de mi hermano, es decir, simplemente indicarle que esa canción existía.

    Salió  de su casa como siempre, con una falda roja, dos coletas en el pelo y la sonrisa a flor de piel en su rostro. Cuando pasó por mi costado, su sonrisa me hizo temblar y para ser sincero no sé de dónde saqué fuerzas para decirle, ¿Escuchaste esa canción?, ella se detuvo a escucharla. Me dijo: Es muy bonita,  me hace recordar a mi mamá, cada vez solía decir que mi papi siempre nos iba a hacer feliz. Sólo pude sonreír. Se despidió suavemente diciendo Gracias por mostrarmela. Su voz era como un dulce, el más delicioso que existe, para los oídos. Yo esa tarde quedé como la primera vez que probé mi postre favorito, muy feliz.

    Mi hermano me preguntó, huraño como siempre ¿Escuchó la canción? al afirmarle solo me preguntó que me dijo, yo le respondí como si nada y se fue a su cuarto.

    A la tarde siguiente David volvió a entrar a mi cuarto. Yo estaba sentado en el balcón mirando el cielo. Él se sorprendió al verme sentado ahí, pero no dijo nada. Cuando pasó Celeste por la vereda, ambos la vimos con los mismos ojos, yo perdido de ganas de escuchar su voz y él perdido entre sus ojos. Ambos exhortos en dos cosas distintas de esa niña de piel blanca y cabellos de viento.

    Durante mucho tiempo los dos compartimos el placer de saberla pasar por mi balcón a las seis. Era el momento en el que ambos pasábamos de ser dos miembros de una familia, con mismos apellidos y padres, pero distintas maneras de pensar, a ser dos hermanos, que compartían una cosa: la admiración por una niña que cada día se tornaba más hermosa.

    Nunca discutimos sobre eso, sabíamos que ninguno de los dos iba a tener el valor de acercarse a ella, de poder pronunciar más de un Hola, ¿qué tal? sin sonrojarnos ni sentirnos ridículos. Sabíamos que ese amor platónico iba a ser simplemente eso y no iba a cambiar por más que pase el tiempo. Además, a él le gustaban sus ojos y yo moría por su voz, por sus palabras, no nos gustaba lo mismo de ella,  no estábamos encantados por su piel, que ante la luz se convertía en arena; su cabello ondeado; el aroma tan dulce que expulsaba a cada paso; y nunca supimos qué hacer cuando soltaba aquella sonrisa que hacía sonrojar a la Luna. Nosotros sabíamos perfectamente lo que nos gustaba de ella y mientras que eso siguiera así, todo andaba bien. Así seguimos por mucho tiempo, solamente observando a la linda Celeste cruzar por nuestras vidas, tan ligera, tan alegre, y tal lejana a nosotros.

    Al año siguiente, yo tenía que hacer el servicio militar y dejar la casa por unos meses.  David se iba a quedar con el balcón. Él iba a poder ver cada tarde a la pequeña razón de nuestra ilusión cruzar frente a mi ausencia. Él iba a poder ver aquella forma dulce de vivir y yo no. Realmente me parecía injusto. Maldije por varías noches mi suerte. Mi hermano, creo que disfrutaba con esto, la iba a observar nuevamente solo.

    Nuevamente iba a poder llevar sus papeles para tratar de capturar la esencia de su mirada con el carboncillo. Pero iba a poder también escucharla. Iba a percibir aquella melodía infinita que brotaba de sus labios, aquellas palabras cristalinas que hacían de cada ocaso, un momento sublime. David iba a poder captar esto y yo no.

    Fue entonces cuando decidí enfrentar mis temores y hablarle.

    Debía de aprovechar este verano, debía enfrentar al miedo, tenía que hacerlo ahora. Tenía que decirle por lo menos algo. Acompañarla a pasear a Salvador, qué se yo, cualquier excusa sería buena para estar a su lado y así aprovechar el poco tiempo que me quedaba por verla hasta entrar al servicio militar.

    Esa mañana el sol brillaba más fuerte que nunca. Las calles dibujaban un paisaje suave y sutil repleto de felicidad. Era un día perfecto para buscarla a su casa y salir a disfrutar del sol. Aprovechando que David estaba dibujando en el malecón, fui a la esquina en donde vivía Celeste. No tuve que tocar la puerta porque esta se abrió apenas llegué.

    Los niños, que jugaban como siempre a los carnavales, parecían apartados de todo el mundo, no veían más que su juego, no apreciaban lo que yo estaba viendo en ese momento. El sol parecía reventar de felicidad, las nubes parecían danzar entre el cielo, juguetear divertidas por la alegría del mundo, todo mi alrededor parecía ajeno ante la imagen que se posaba frente a mi.

    Al abrirse la puerta me quedé inmóvil. Mis ojos vieron a Celeste durmiendo dulcemente en los brazos de su padre. Él la cargaba. Su silencio decía más que cualquier grito de desesperación. Sus ojos, clavados en el rostro angelical de su hija, se mostraban tan torrenciales como la peor tormenta, tan adoloridos que como el más fuerte dolor existente. Su rostro pronunciaba en silencio unas palabras que nunca esperé recibir al llegar ahí. No dijo nada,  sólo lo vi perderse entre la calle rápidamente.

    Me quedé parado ahí, frente a la puerta marrón de la casa de Celeste, sin entender nada. No podía creer que tanto el Sol como los niños a mi alrededor seguían con ese aspecto tan feliz. No entendía la existencia de ese Sol verano, ni de el cielo celeste con nubes danzantes. No aceptaba ni un fragmento de la felicidad que mostraba el mundo en ese momento.

    Regresé a mi casa confundido, sin entender nada. Sabía que esa tarde no iba a ver nuevamente a Celeste. Pensé en el balcón, en las seis de la tarde, en cómo el Sol de este día tan feliz se iba a despedir tan triste y diáfano, en cómo las nubes solemnemente cantarían el réquiem del astro dorado hasta recibir a la Luna, aquella dama de mirada de plata que suele posarse entre la eternidad del espacio repleto de estrellas para recitarle poemas de amor y dolor. Pensé en mi, sentado en el balcón de cada ocaso, esperando a que salga la niña de la voz de esperanza y cruce frente a mis ojos ilusionados. Pensé en cada tarde existente hasta hoy.

    Pensé en mi hermano. En lo contento que estaba porque yo me fuera de la casa al servicio militar. En cómo creía que la iba a poder ver en cada tarde cruzar frente a mi ausencia.  En cómo iba a percibir aquella melodía infinita que brotaba de sus labios, aquellas palabras cristalinas que se mezclaban con la perfección de cada ocaso cuando yo esté en el internado.

    Pensé en cada frase que yo deseaba decirle antes de partir al servicio militar. En cada palabra que no le dije hasta hoy. Pensé en todo lo que no iba a ocurrir. Pensé en mi ausencia, en el balcón de ese tiempo futuro. Pensé en la ausencia de Celeste en esta tarde, en este momento y en cada día que vendrá.

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  • El Escapista – parte o2

    El: 19 octubre, 2009
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    3. Let’s All Make Believe

    Cuando Cae y Lu tenían 15 años, algo nuevo y distinto empezó a surgir en ellos. Desde el día en el que se conocieron no fueron los típicos mejores amigos, aunque buena parte del pueblo lo creía así, había algo más detrás de sus miradas.

    Cae protegía de una forma casi suicida a Lu cuando algo la ponía en peligro. En una ocasión terminó golpeado y por poco queda inconsciente al salvarla de un grupo de ladronzuelos que intentaban robarle. Fueron 3 muchachos, mayores que ambos, que  forcejeaban intentando quitarle el bolso. Cae, que caminaba de regreso del mercado, soltó la cesta de la comida y fue directo con el más grande, si este cae primero, los otros dos se irán más rápido pensó. Su movimiento fue rápido y efectivo, saltó por detrás del gigante y con una piedra que había tomado del camino le dio en la sien. El líder cayó como un saco de papas. Los otros dos, quedaron sorprendidos, al ver caer a El Enano Gonzales pensaron lo peor. Está muerto, está muerto gritaron. Y en lugar de huir despavoridos como había pensado Cae, se abalanzaron hacia él con el objetivo de matarlo. Maldito, has matado a nuestro amigo, te voy a despellajar, gritaba Juan ‘el Pequeño Quid’  mientras que corría y perseguía a Cae junto a Kike. Cae había avanzado un buen tramo, corría lejos de ellos de la mano de Lu, mientras respondía gritando ¡Se dice Despellejar no despellajar, pedazo de animal!.

    El real problema se dio cuando cruzaron el pequeño rio que atravesaba el pueblo y al finalizar el puente se encontraron con otro amigo de la pandilla V: Lulo, que vio la imagen de sus dos compañeros persiguiendo a un pequeño flaco y a una niña bonita. Lo que hizo fue muy sencillo, cogió una piedra y se la aventó al pie de Cae, el que perdió el ritmo y solo atino a decirle a Lu que corra. Luego, entre los tres casi destrozaron la humanidad de Cae. Lu solo corría llorando en busca de ayuda. Todo se detuvo cuando Lu consiguió ayuda del oficial Gutiérrez, que los espantó con un balazo al aire. Los tres desaparecieron de golpe y fueron a buscar al Enano Gonzales. Cae estuvo en cama más de una semana, con dos costillas rotas, y de milagro no tuvo ninguna conmoción cerebral. El médico dijo que había sido un milagro que solo hayan sido 2 costillas las rotas y una infinidad de moretones en todo el cuerpo. La niña de los ojos caramelo, cuidó a Cae como la mejor enfermera. Compresas de agua fría cuando iniciaban la fiebre, preparaba sopas, purés y suministraba de los calmantes y demás pastillas recetadas en cada horario. A veces, la abuela Rosa sonreía cuando la encontraba dormida al lado de la cama donde dormía Cae, sobre todo en los primeros días de recuperación.

    Definitivamente entre ambos había algo sumamente especial. Cae, amaba en silencio y con locura a la pequeña y graciosa Lu. Le escribía diariamente poemas y cada cierto tiempo un cuento. “For you Lu” ya tenía cuatro tomos, llenos cada vez de mejores escritos. A veces, en días en los que a Lu le venía la nostalgia por su papá, que también había emigrado del pueblo, Cae le prestaba uno de sus cuadernos. Tenía uno especial para esas ocasiones: Let it be. Ahí había puesto cada palabra que intuía que podría sacarle al menos una sonrisa a Lu. El iba a su casa y tras aventar una piedrecita a la ventana de su cuarto en el segundo piso, le decía Lu, tengo algo nuevo en el Let, baja que te lo muestro, ella emocionada y sin saber precisamente que cada letra era suyo bajaba y leía. Con el tiempo los poemas eran mejores, y cuando Cae aprendió a tocar guitarra, fueron canciones. La primera que le tocó en uno de esos días grises fue un tema que inimaginablemente no era de The Beatles. Fue una canción de Charly García: De mi.

    Lo gracioso fue que Cae no había sacado bien la canción y fue una versión sumamente sui generis del tema, se equivocó en casi todas las notas, pero a Lu le fascinó, sobre todo por la frase que vino tras canción, que era parte de la letra obviamente: Ya sabes Lu, cuando estés mal y cuando estés sola, no te olvides de mi porque sé que te puedo estimular… o al menos mostrarte una fea versión de un gran tema, tras un par de sonrisas ella lo besó.

    Cae no sabía qué hacer. se sintió en el cielo por un segundo que le pareció un par de eternidades. La miró a los ojos sonrió y dijo: Epa, parece que ser músico trae sus frutos eh!, luego la abrazó. ¿A tu lado el mundo se torna dorado sabes? No existe lugar mejor donde pueda estar que aquí, solo espero que cuando estoy aqui tu te sientas tan bien como yo, o al menos un poco, porque si llegas a sentir un poco de la paz que siento junto a ti, creo que mi objetivo al venir está cumplido. Ella lo volvió a besar y con eso respondió a su pregunta.

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  • La huída de Calo. Parte02

    El: 29 septiembre, 2009
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    Cap.02. La cueva.

    Mis piernas casi no tienen fuerza. Mis manos tampoco. El cuchillo me pesa demasiado. Me cuesta respirar. Tengo sed, frio y miedo. Por lo claro que se ve el cielo, creo que va a amanecer. La noche no me cubrirá más y si me quedo sin techo, el sol me puede quemar y sobretodo, descubrir. El frio en este momento es muy duro. Casi no tengo fuerzas, he caminado toda la madrugada y no sé a dónde voy. Ni siquiera sé muy bien de quién huyo. Sé que me siguen, pero no sé precisamente quienes son. Anoche saquearon y destruyeron sin compasión a cada miembro de ese pequeño pueblo. Me siento culpable. Siguen buscando al asesino de Javo. Algo así escuché cuando me escondí debajo de la mesa. Interrogaban a los que encontraban y gritaban ¿Quién mató a Javo? dime ¿Quién lo mató, dónde lo esconden? Luego los degollaban. Nadie me conocía en ese pueblo. Estoy seguro que ni siquiera saben que hubo un asesinato en el pueblo de al lado. Y si supieran que hubo uno, no creo que piensen que el asesino es un niño. Y si creyeran que es un niño, no creo que piensen que fuese yo. En fin, no tuve otra opción. Fue matar o morir. Y esta vez le tocó a él.

    Hicieron lo mismo que en el pueblo anterior. Violaron a mujeres antes de matarlas y mataron a los niños para que no lloren más. El ambiente se calmó luego de un largo tiempo de llantos y gritos desesperados. Yo trataba de contener el llanto, sentí el miedo más grande de mi vida. Sentía culpa, odio, temor, impotencia. Esta gente no es humana, está maldita, poseída por algo que no tiene alma. Qué se yo.

    Solo sé que no merecen estar vivos, deberían ser arrastrados al infierno de los pies. Aunque creo que más castigo sería que se den cuenta del dolor que han causado o al menos que le teman a algo.

    Debo encontrar un lugar dónde esconderme. Un escondite permanente. Tarde o temprano irán al siguiente pueblo y pueden pasar por aquí. Por momentos creo que lo mejor sería morir para no tener que huir más. No lo sé. Solo sé que no tengo más fuerza en mis pies, estoy cansado solo quiero dormir. No puedo seguir más.

    ………………………………………………………………

    – Al fin despertaste pequeño. ¿Qué te ha pasado, por qué estás tan sucio, ensangrentado, de dónde vienes? ¿Quieres un poco de pan?

    Un hombre con rostro arrugado como una hoja seca me ofrece comida. No creo que sea alguno de los que me persiguen, no podría serlo, este viejo parece tener algo de bondad en su huesudo cuerpo. ¿Pero qué hago aquí? No me importa, tengo hambre.

    – Toma, es un pan un poco duro, pero es lo único que tengo aquí. Disculpa, no me he presentado. Me llamo Ibrahim. Bueno, te encontré tirado en medio del desierto cuando salí a recoger madera para la cocina. Parecías muerto pequeño.

    Este es el primer bocado que pruebo en días. Hasta había olvidado lo que era comer.

    -Señor, Tengo sed.

    – Mira tú, tenías voz, jeje.. Claro, discúlpame, toma aquí hay un poco de agua.

    Al escuchar su voz esta vez, siento como se forma un nudo en mi garganta. Mis ojos empiezan a empañarse. Quiero llorar. Había dejado de creer que alguien podía tener bondad en este mundo. Me ofrece el vaso con agua pero no siento tener las fuerzas para tomarlo.

    – Tranquilo, no sé ni entiendo qué hacías por ahí en el desierto, pero ya estás a salvo. Bueno, igual me tienes que contar qué te ha pasado. Bebe, bebe, aquí hay más si quieres. Mmmm… bueno, esta es mi covacha, es humilde pero es todo lo que tengo. Y realmente no preciso de más. Si, es un poco oscura, pero es parte de su encanto. ¿Quieres más agua?

    Solo puedo decir que si con la cabeza. El nudo en mi garganta no me deja hablar más. Cada vez mis ojos se llenan más de lágrimas.

    – Tranquilo, ¿Quieres comer más? parece que te gustó este pan frio.

    Lloro, solo lloro con un llanto que no puedo contener. Debo sacar todo este dolor, el miedo, el temor, todo. Gracias a Dios estoy aquí, espero que no me encuentren aquí, no puedo hablar, no puedo parar este llanto, es que tanto miedo, tanto miedo, tanto miedo…

    -Tranquilo pequeño, tranquilo, cálmate…toma un poco de agua y descansa.

    Extrañamente no puedo dejar de llorar, pero su voz me tranquiliza. Me hace acordar a mi abuelo.

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  • El Escapista – parte o1

    El: 29 septiembre, 2009
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    1. Cae

    A los 27 años, Caetano había vivido más de lo que habría querido, y más de lo que hubiese podido soñar o leer en una de las tantas novelas que guarda en su desordenado armario, junto a sus fotos y cartas. Nació en Noviembre, un lunes 23 del ochenta y uno. Papá y mamá, fueron tan felices con su llegada al mundo que incluso olvidaron sus problemas maritales, eso se dio hasta aquella tarde de Octubre del ochenta tres en la que una fuerte discusión hizo que Don Julio Larroque terminara en la clínica con 7 puntos en la frente, producto de una “jarra voladora” impulsada por una “fuerza sobrenatural” llamara Rita Cádiz, quien es hasta la actualidad la madre de Cae, como todos lo llaman en su barrio. Y así transcurrió el tiempo, pasando de una casa a otra. Entre su madre y su abuela (a quien llamaba mamá), como la víctima de una relación que vio un pronto fracaso.

    Esto para él nunca fue un problema, Tenía 2 mamás, una que era amante de los gritos y los platillos voladores y otra que era toda dulzura, que lo engreía comprándole ceviches en el mercado y lo hacía sentir feliz con su voz. Su padre, el mejor papá del mundo como le suele decir él, viajó a la capital para buscar un empleo con el cual costear los estudios de Cae. Fue así como creció casi sin verlo, aunque cada semana escuchándolo por “la ceremonial llamada de papá” como solía llamarlo de niño. Cae siempre hizo caso a sus consejos por esa forma tan peculiar de entender y solucionar la vida.

    2. Cae y Lu

    Cae creció y conoció ese bien no material llamado amor. Fue una tarde de verano, en febrero. Ella cruzaba la calle luego de comprar un helado, rumbo a su casa. Él, que se dirigía a la tienda, se detuvo en medio de la pista a observar a ese pequeño ángel de ojos caramelo que sonreía y parecía hacer iluminar aún más al atardecer. Despertó al escuchar la bocina de un coche que pasaba a toda marcha y que casi lo atropella. Y tras su un sutil ¿Estás bien?  Él sonrió sin pronunciar palabra, iniciando así un tierno cuento infantil de amor. 

    Lucía vivía frente a la tienda en la que él siempre iba a comprar, a dos cuadras de la pequeña casa de Doña Rosa, la bella abuela de Cae. Él siempre iba a comprar, porque no quería que su mamá se cansara y porque cada vez que lo hacía, tenía la esperanza de volverse a cruzar con Lu, y ver “el sol aparecer por sus ojos” como escribió en un intento de poema a los 11 años, luego de ese primer encuentro. Ella era una niña sumamente graciosa. De cabello rizado, ojos caramelo y piel bronceada, poseía una sonrisa tan dulce, que podía calmar a cualquiera. Era imposible no sonreír al verla pasar, tan despreocupada por las cosas, tan feliz. Era por eso que Cae vivía, moría y soñaba despierto con ella.

    Escribía mil cosas en un pequeño cuaderno: “For you Lu” era el título de esta pequeña obra de la literatura moderna, que en la carátula tenía un dibujo a lápiz de la calle donde fue su primer encuentro, junto a una frase en inglés: “Because you’re sweet and lovely girl I love you”. El título del cuaderno y esas palabras fueron puestas en homenaje a una canción de The Beatles: “For You Blue”, del Let It Be, un muy buen tema por cierto, que representaba según aquel pequeño Cae,  Todo lo que le podrías decir a la chica que amas.

    Y fue así, como entre canciones de los viejos discos de su papá, Cae le escribía mil cartas y pensamientos a Lu, sin haber cruzado más de algunas palabras y muchas miradas con ella.

    Una tarde, un fuerte golpe en la puerta hizo despertar a Cae, que tomaba su siesta post colegio. Fue notable la sorpresa cuando al abrir vio a la pequeña Lucía empapada en llanto. ¿Me puedes ayudar Cae? le dijo en medio de un sollozo que no parecía terminar. El asintió con la cabeza y la hizo entrar. Sus padres habían decidido divorciarse. Ella no sabía qué hacer. Había escuchado una fuerte discusión de sus padres mientras que almorzaba. La riña fue creciendo progresivamente, como cualquier guerra, empezó en una pequeña confrontación de ideas para terminar lanzándose misiles de alto calibre. Lo único que atinó a hacer, fue salir a comentarlo con alguien y en el primero que pensó fue en Cae. Bueno, en realidad ella no tenía amigos ni amigas de su colegio que vivieran cerca, y él era lo más cercano a lo que necesitaba, pero eso nunca se lo dijo, ni él lo quiso pensar en ningún momento.

    Lo único que atinó a hacer Cae fue a abrazarla y decirle que el mundo no se acababa, que vea las cosas con otros ojos, Mírame a mí, soy feliz y vivo solo con mi mamá, bueno. Mi papá llama siempre, la señora de los platillos voladores casi no la veo desde que viajó a Rumania, pero mucha falta no me hace y el encontrarme contigo en la tienda también me ayuda a sonreír, el mundo no se acaba con un divorcio. Bueno, eso es lo que dice mi mamá. Creo que lo importante es que tus papás no pueden ser infelices, no pueden vivir peleándose, porque podrían odiarse y eso no sería bueno.

    Ella solo atinó a abrazarlo y a llorar hasta que se quedó dormida en sus brazos. Al despertar vio que él también se había quedado dormido en sus brazos, pero que a pesar de eso no había dejado de acariciar su cabello. Ella sintió que desde ese momento nunca más estaría sola y se sintió mejor. Esa tarde algo nació entre los dos.

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  • La habitación

    El: 16 septiembre, 2009
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    Y el silencio oscureció la habitación. El metal atravesó la sien, justo el punto que encerraba su sonrisa. El tiempo se detuvo al fin. La paz lo rodeaba, inquietándolo. Sus recuerdos parecían ir descendiendo lentamente. Formando pequeños ríos que desembocaban en un mar rojo que crecía segundo a segundo. La inercia se podía respirar en todo el ambiente.

    Su cuerpo, o lo que quedaba de él no desentonaban con el estilo desgastado, opaco y sucio de la habitación. El fotograma era tan artístico que sería imposible de mostrar en cualquier primera plana de diario sensacionalista. Más bien parecía ser una composición muy bien pensada de algún fotógrafo francés o yugoslavo, que se habría tomado horas en construir una escena tan perfecta como esa.

    Un cuerpo tirado en el parquet boca abajo, con una camisa arrugada, que en algún momento fue blanca y que ahora se veía teñida por sectores de rojo con matices oscuros, puestos con tanta perfección como los trazos pintados sobre un lienzo.

    Una silla al lado del cuerpo. Casi tan desgastada y sucia como el parquet donde se iba formando ese océano de glóbulos rojos y plaquetas, ubicado a unos 7 pasos de la puerta. Las paredes, que también en algún momento fueron blancas, sucias por polvo y descascaradas de pintura en algunas zonas, lucían en un lado el rastro de lo que fue el Bang! que originó la inercia. Pequeñas gotas de sangre y fragmentos de sesos dejaron una enorme huella en una de las cuatro paredes que conformaban la habitación.

    Detrás, a tres pasos de la pared derecha, justo al frente de una pequeña ventana con las lunas empolvadas, una cama sin tender. Con sábanas sucias y rastros de una noche solitaria e intranquila, movimientos provocados posiblemente por las pesadillas que llevaron a ese desenlace. En la esquina ubicada en la misma pared que la puerta había una mesa marrón, escondida en la parte más oscura de la habitación, casi ausente. Encima de ella una nota:

     

    ‘Tu presencia me dio vida una y otra vez. Cada noche, cada beso, devolvió a mis segundos ese fuego necesario para poder sonreír. Cada sombra, cada espacio del día contenía algo tuyo desde ese beso. Y el simple hecho de mirar tus ojos me hacía infinito. Solo deseaba estar a tu lado. Abrazarte hasta sentir que el tiempo se acabe. Me gustas, te decía. Me gustaste desde la primera vez que te vi, posiblemente me gustes siempre, y es extraño, es muy extraño.

    Antes de este nuevo comienzo no podía ni solía decirte nada de lo que pensaba. Y en estos últimos días lo pude hacer. Y fui tan feliz, y fui tan libre.

    Tu ausencia fue más grande que el cielo, que la noche que nos vio nacer. Aquella en la que el aire observaba perplejo nuestros besos embriagados, nuestra dulzura extrañamente habitual.

    Fue un gusto, un placer y una ilusión sumamente encantadora el haberme enamorado.

    Gracias por todo, pero como leí alguna vez: Si sales del cielo, el resto es infierno.

    Y ya no estoy preparado para seguir uno.

     

    Gracias.’

     

    Alguien abrió la puerta al amanecer. Nadie se percató del crudo sonido generado por el metal perforador. Nadie vivía ya en ese edificio viejo de las afueras de la ciudad. Sólo él. Solo ella en estos últimos días. La ironía a veces es grande y absoluta. Quien observó por primera vez ese cuadro aterrador fue ella, que traía el desayuno en una bolsa.

    La noche anterior fue imposible comunicarse con él. El pequeño pueblo carecía de señal telefónica. La lluvia tomó las calles de forma torrencial cortando extrañamente toda la comunicación. Veinte kilómetros de carretera a medio asfaltar y un puente era lo que separaban el pueblo de lo que ellos llamaban ‘hogar’. El edificio quedaba exactamente a la mitad de camino a la ciudad.

    Esa noche y por la lluvia, un camión que se dirigía a la ciudad perdió estabilidad en el puente volcándose. Afortunadamente la lluvia apagó rápidamente el fuego generado por el choque y no hubo muertes. Pero el trayecto quedó cerrado hasta nuevo aviso. Toda la comunicación entre el pequeño pueblo y el resto del mundo era nula. Ella tuvo que dormir en un hostal cercano al puente. Angustiada por no poderse comunicar con él, dedicó la noche en soñar despierta con el futuro que posiblemente tendrían juntos, cómo se llamarían sus hijos y mil cosas que ella consideraba de quinceañera y que ahora, por primera vez sentía. Habían sido unas semanas de ensueño. El mundo, a pesar de todos los problemas habituales, había sido una especie de paraíso, solo descrito por algún sueño que tuvo de niña. Unicamente deseaba que amanezca rápidamente para abrazarlo fuertemente, a veces casi hasta la asfixia y hundirse entre sus besos, caricias y demás.

    A la mañana siguiente, compró algo para desayunar. Quería sorprenderlo. El puente estuvo libre a las 11 de la mañana. Tras pasarlo tomó el desvio sin asfaltar que ingresaba por el bosque y se dirigia al desolado edificio le resistance, que en algún momento fue un bello hotel al que acudían celebridades y políticos de vacaciones. Al llegar al edificio no existia ruido alguno. El silencio parecía sepulcral. Sólo se escuchaba el ruido de las hojas chocando, empujadas por el viento de la mañana. Al llamarlo no hubo respuesta. Subió las escaleras.

    Ella no llegó a leer la carta. Cuando la encontré estaba sobre el parquet, sumergida en el otro océano formado por su dolor.

     

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  • La huída de Calo. Parte01

    El: 29 julio, 2009
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    Cap.01. Sali del cuarto.

    Aterrado por no saber en qué momento coger ese cuchillo que me salvará una vez más de esta eterna y extraña persecución, sigo arrodillado, a mis 9 años, debajo de una mesa. Desde aquí puedo ver al callejón en donde siempre jugué a los aviones, solo que esta vez pareció demasiado largo al cruzarlo. Debe ser por la peste de los cuerpos tirados, inertes y carcomidos por los buitres. Eran 20 creo. El olor es terrible. Hace mucho que no venía a esta casa. Está intacta, solo que con mucho polvo. La tranquilidad que se ha apoderado del cuarto en donde estoy, me asusta. Me asusta mucho. Solo ruego al cielo que mi respiración agitada no me delate una vez más. Ellos están afuera, caminando lento y al parecer esperando a alguien. ¿Será a ella?

    Mis manos tiemblan. Temo que si ellos llegan a saber dónde estoy, puedan matarme. Acribillarme tan salvajemente como a los que están afuera. Como a los del pueblo anterior. Hace unos días pude sobrevivir, afortunadamente. Pero me encontraron. Tuve suerte. Por mi edad y por mi tamaño por suerte me subestimaron. Entraron como siempre al pueblo, a saquearlo todo. Violar mujeres, beber los vinos, matar por placer. Yo estaba de paso, como siempre, sin un lugar fijo para dormir desde que murió mi abuelo. Me escondí en el armario de una casa mientras escuchaba los gritos de piedad, los llantos que nombraban a los recientes muertos, los ¡por favor, no!. Temblaba como hoy.

    Cogiendo tal y como hoy el cuchillo que me regaló mi abuelo antes de morir entre mis manos temblorosas. El silencio se apoderó de todo tal y como hoy. Solo se escuchaban los sollozos de las mujeres violadas, de los niños ahora huérfanos. De pronto escuché pasos, alguien buscaba dinero o algún abrigo, qué se yo. Abrieron el armario y me encontró. El miedo ingresó a mi cuerpo tan rápidamente que no podía reaccionar. Solo temblaba mientras caían lágrimas de mis ojos que se clavaron en el rostro de aquel maldito. Ese, solo sonrió con una expresión de burla, como diciendo ‘pobre niño miserable, morirá tan joven’. No temas, solo será una bala me dijo. Se volteó para buscar algo con qué amordazarme.

    Mi temor se convirtió en odio. No pensaba en otra cosa más que en matarlo. Recordé cómo montaba a los corderos más grandes en mi casa, saltando hacia ellos y montándolos tomando su cuello. Hice lo mismo con el tipo ese, pero en lugar de sujetarlo del cuello, clavé el cuchillo en su cuello. Por la fuerza y el odio con el que estaba el cuchillo atravesó su cuello y murió al instante. La sangre manchó mis manos, mi rostro, toda mi ropa y todo el cuarto. Fue tan rápido que no hubo ruido. Tuve suerte, mucha suerte.

    Con algo de fuerza pude sacar el cuchillo, porque supuse que en algún momento me encontrarían. Salí del cuarto.

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  • Lima: La gripe y la lluvia

    El: 21 julio, 2009
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    Si bien no es Lima, es algo que muchos quisieramos hacer,

    Si bien no es Lima, es algo que muchos quisieramos hacer.

     

    Lima es una ciudad tan gris, tan triste, tan espectacular en invierno que hace que cada año la ame más y que esta estación, sea definitivamente mi favorita. Es que es genial caminar en medio de los carros y ese tráfico terrible bajo una lluvia que hace todo tan de película de los 50´s uno abrigado, posiblemente con un cigarro en la boca, con las manos en los bolsillos, deseando solamente llegar a la casa, sentarse en un mueble, poner un buen disco en el reproductor y esperar a que el mundo simplemente se acabe por hoy.

     

    Todo es perfecto, hasta que llega ese maldito virus de la gripe, tras ese afortunado momento en el que alguien logró toser cerca a ti y te contagió de eso que hace que cada una de las moléculas de nuestro cuerpo aparentemente se logren mimetizar con el medio ambiente invernal de Lima haciendo que toda es humedad infinita descienda por nuestra nariz, nuestros ojos, es decir que nos convirtamos en el ‘pegajoso’ de los caza fantasmas, llenos de mucosidades, flemas, una terrible tos y un mal humor con el que casi nadie nos soporta.

    Hoy tras 2 días de hermosa lluvia limeña y de caminar en medio de las calles con el cigarro mojado, en medio de mil pensamientos sin sentido y de mucha música apropiada y no, pasando entre los carros siendo insultado por muchos de los conductores por la tranquilidad de mis pasos entre las pistas, estoy resfriado. Desperté al amanecer, empapado de sudor y con mucho calor, al pararme un mareo me sentó en la cama. Al ponerme un termómetro me enteré que estaba con 38.5° de fiebre, razón por la cual no podía ir a trabajar.

    Y este suceso, en medio de este ambiente gris y hermoso (para algunos como yo),  hace que yo inicie este blog, sin sentido ni razón de ser, solo aquí está y punto. Bienvenidos a este lugar de palabras y probablemente fútbol y música, 3 de mis 4 pasiones, porque para hablar de mujeres hay que ser anónimo si es que quieres tener vida sexual alguna vez.

    Buen Día o noche!

     

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  • Historias de Otros – La pequeña Sally.

    El: 27 mayo, 2008
    En: Cuentos, De Marte de Quien
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    *El encuentro

    Escuché el sonido agudo del timbre en la oficina. Eran las 11 de la mañana. Abrí la puerta y lo vi. Entró con un paso suave, mirando todo alrededor con esos enormes ojos que se escondían entre sus grandes lentes. Con una suave sonrisa me saludó y me dijo: “Hola, qué tal?. Vengo a reunirme con Francisco, para el puesto de Editor“. Hasta este momento, medio año después de toda esta historia, no entiendo y posiblemente nunca entenderé la razón por la cual esa sonrisa tranquila, esa mirada profunda y juguetona me dejaron tan sin palabras, tan callada, unicamente observándolo caminar y mirar todo con esos ojos lunares que parecían iluminarme y cegarme.

    Durante la entrevista, no pude decir mucho, me quedé encantada por esa forma simple de hablar, moviendo los hombros con suavidad, hablando de forma tranquila, brindandome paz.
    Tras la entrevista, luego de haber escuchado algunos audios editados por él, al despedirlo con un suave beso en la mejilla, miré a Francisco y algo en mi deseó infinitamente que ese hombre de los ojos cafés y grandes se quedara en el puesto. A mi me parece que él es el correcto, su trabajo es bueno y se ve que es muy buena persona, yo creo que congeniaría muy bien con todos, dije…
    Si Sally, me parece que puede quedar, pero veamos al resto de personas, respondió Francisco.

    Durante el resto de la mañana, mil ideas pasaron por mi mente. No podia concebir la idea de no volverlo a ver. Me preguntaba cómo podría conseguir su número, cómo tener alguna excusa (absolutamente absurda) para encontrarlo denuevo. Era la primera vez que me sucedia esto, el hecho de no poder olvidar a alguien que ni siquiera conocía. No podía explicarlo y me parecía increíble, sencillamente increible.

    Esa sensación inexplicable recorría mi mente una y otra vez. Parecía que su energía hubiese atravezado mi piel, y tocado mi alma. Aparentemente con su mirada había logrado desnudarme, besar mi piel y brindarme una tranquilidad absoluta en el alma. Solamente esperaba verlo nuevamente, no pensaba en amarlo, en besarlo, en conquistarlo ni mucho menos. Solo me conformaba con verlo.
    Cuando escuché desde el fondo de la oficina a Francisco decir Sally, llama a Martín para el puesto de Editor, fue el mejor de todos, bueeeno, al menos fue el que mejor me cayó jaja… el mundo se tornó de un color distinto. Sonreí y sentí que algo muy importante en mi vida iba a empezar.

    Sonreí y lo llamé.

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