Al amanecer

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El: 24 agosto, 2016
En: Cuentos, De Marte de Quien
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El cielo anuncia las cinco de la mañana. El sol empieza a dibujar entre las montañas los ciegos colores pasteles de un día apaciguado de razón. Él reposa sobre la cama, quieto, con un cuerpo sin fuerzas para respirar. Descansa entre una inquieta lucha por estar mejor, el andar de su respiración es algo difuso. Él navega entre pensamientos luchando por seguir, en medio de la incertidumbre va hurgando entre sus latidos con el simple afán de seguir su existir.

Una sensación de desahucio, pensamientos que encierran el no saber cómo llegó a este lugar. Conformándose a cada segundo por sólo saber que se encuentra aquí, recostado en un colchón duro y seco, como su vida, sin poder hallar alguna sensación de movimiento en su cuerpo. Sus ojos se pierden entre imágenes de recuerdos que aparecen, que se dibujan en su mente y no logran desvanecerse.

Por momentos, sólo piensa en por qué -siempre aquella pregunta lo escolta-, se mantiene inquieto por el cuestionamiento que suele acompañar constantemente a las almas solitarias, a los cuerpos sin esperanza, a los espíritus que perdieron fuerza para seguir, ese sentir que se posa en aquellos espectros con forma humana que navegan como sombras en las calles, esos cuerpos que simulan vida para no dejar el mundo aún, esas personas –si aún se les podía denominar así- de las cuales era uno más.

Un médico le dijo “todo salió muy bien, no temas”, pero mentía, algo en su voz indicaba que no era verdad. Sólo en esa habitación inmensa, pensaba y tenía la certeza que tenía aún muchas cosas por decir, algunas por hacer y demasiados sueños sin cumplir. Existían entre el aire cientos de besos perdidos en atardeceres muertos, cosas que quizá nunca podría realizar.

Trató de dormir, de no llorar, de encontrar respuesta a sus preguntas, alguna frase que explique todo lo que estaba pasando, pero no podía pensar. Sabía y presentía que su vida estaba a punto de acabar, que todo de alguna u otra forma iba a empeorar, que cada cosa que había podido hacer se desvanecía segundo a segundo, latir a latir.

Sintió pasos silenciosos acercarse lentamente hacia la puerta. Dudó si debía girar su rostro para ver quién era la persona que se acercaba a observar su cuerpo maltrecho, su inútil humanidad tirada en aquella cama de hospital.

Observaba la gran pared azul frente a él, escuchaba el sonido de los coches y caballos que llegaban y no se detenían, sentía las voces que murmuraban su estado, a los recién nacidos llorando, presenciaba cada sonido que ingresaba a la habitación, a su cuerpo, a su inmenso pavor.

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La puerta se abrió lentamente y se escuchó una suave voz que sentenció su estado,“está dormido”. La puerta volvió a cerrarse. Su corazón –que había aumentado considerablemente su aceleración- dejó de palpitar por un segundo, él creyó morir. Pensó que finalmente todo acababa de una vez, pero se empuñó a la vida como se aferra un bebé a los brazos de su madre, se sujetó a su respiración y a todos aquellascosas que siempre pensó que amaría dejar. Miró por la ventana los árboles de la colina que se veían lejanos, opacos por la bruma gris que rodeaba el pueblo. De pronto un centenar de imágenes ingresaron a su mente.

Recordó cuando era niño, cuando soñaba con volar, con ser parte del cielo, con dejarse guiar por el viento que lo arrullaba en las tardes, que lo hacía olvidarse de problemas, de la gente que lo rodeaba, de todo. Cuando deseaba coger la luna y perderse en la infinidad de las estrellas y luces que sólo existían para él. Al menos de pequeño creía eso, lo deseaba. Anhelaba pensar que todo era suyo, que el mundo era parte de una fantasía y que ninguna oscuridad podría existir. Quería creer que su vida era una más. Obviar lentamente cada escena que no deseó vivir. Deseaba en su mente etérea que el cuerpo de su padre, al cual había observado ser acribillado por soldados de la guerrilla interna, estaba intacto. No quería recordar la muerte de su madre, ni en los gritos de piedad de aquel momento en el que fue violada y acuchillada minutos después entre la bruma y el sol de un amanecer.

Pensó en su infancia, tan cicatrizada ahora de aquellos sufrimientos cubiertos de odio y así, acurrucadopor el viento de su imaginación y aquellos sueños que lo impulsaban a seguir, cerró los ojos y durmió intranquilo.

En la habitación continúa, el médico que lo había atendido informaba su destino .

-Felicidades señor Benavente, su hijo sobrevivió, está robusto y fuerte, pesa tres kilos y medio. –el doctor que atendió el parto de Tomás- fue un parto difícil, pero ambos están bien.

-El niño está bien, ¿está seguro doctor? ¿cuándo lo podremos ver? –preguntó ansioso David Benavente, padre ahora, entre la felicidad de su familia.

-En unos minutos –respondió- en este momento está durmiendo, puede pasar a ver a su esposa.

El presentimiento de Tomás era cierto, todo parecía que iba a empeorar.

Él había creído que a sus cuarenta y cinco años con el simple hecho de suicidarse, ahorcado entre los fríos árboles de la colina, iba poner fin al sufrimiento; pensó que el morir iba ayudarlo a tocar el cielo; soñaba que con el dejarlo todo iba por fin ver todas sus quimeras hechas realidad, que todo al fin mejoraría, o por lo menos que su dolor cesaría.

“Podré ver a mis padres, a mi esposa, a mi familia” susurró entre lágrimas de esperanza. Y así, luego de encender un cigarrillo, cogió la soga de dos metros con la que se iba a colgar, aquella cuerda que iba aliberarlo del sufrimiento. Se sentó en una silla a terminar su tabaco. Sabiendo que en unos minutos iba a ahogar su vida a unos cuantos metros del suelo.

Ante el ocaso de sol posado en las colinas del pueblo que lo observó vivir y luego de algunos espasmos de asfixia escuchó, sin saber qué sucedía, el grito de una mujer y muchas voces que lo estremecieron. Un sentimiento de desesperación ingresó en su cuerpo. Se inició una presión intensa en su pecho. Segundos después pudo respirar al fin. El sonido de las lágrimas y gritos de desesperación venían de él. Sentía que el mundo estaba al revés. Todo reposaba de cabeza. Lloró por mucho tiempo, gritó y pidió ayuda. Se sentía inutilizado de piernas y brazos, sus fuerzas eran nulas, era como estar dopado, paralítico o algo así. Luego de unos minutos pudo dormir.

Al abrir los ojos apareció en ese cuarto azul, ahí se inició el temor, las preguntas, las vagas imágenes de lo ocurrido, la sensación de no entender nada, de no saber por qué si hace unas horas estaba colgado y asfixiándose en aquel árbol en la colina pensando que todo iba terminar, ahora estaba respirando tendido en una cama sin fuerzas.

De pronto abrió los ojos bruscamente, lo entendió. La idea más descabellada entre la infinidad de hipótesis planteadas en esos minutos se volvía poco a poco más coherente. Había pasado lo peor que pudo imaginar, al ahorcarse, al intentar acabar con todo aquel mundo que sólo le brindaba dolor no acabó con todo. Al hacerlo solamente inició un nuevo tiempo donde debía existir, en el cual debía empezar una nueva historia.

-Me escapo de un destino para caer en otro -pensó resignado-.

Entonces, en medio de su reflexión escuchó la puerta abrirse, era su padre, su actual progenitor en su nueva vida, entre un nuevo respirar. Poco a poco el temor que lo ahogaba se desvanecía y los recuerdos de aquel tiempo de dolor se disipaban, todo se calmaba. Poco a poco, olvidaba y no sufría. Lentamente cada cosa que él esperó al suicidarse se tornaba en realidad. Poco a poco el dolor empezaba a cesar, losrecuerdos de sufrimiento callaban sus voces, se iniciaba su sueño, esta vez en la realidad.

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